Me considero una persona que constantemente está en una búsqueda espiritual.

Creo que la clave de todo se cifra en expandir la conciencia y en permitir que las cosas simplemente sucedan. La primera vez que tuve contacto con mi Ángel de la guarda, ni siquiera estaba predispuesta para ello. Esa mañana había recibido una invitación de mi amiga Adriana para asistir a una meditación denominada Cimentación, cuyo propósito era precisamente lograr contacto con estos seres iluminados. En esa época yo trabajaba como conductora de un noticiario radiofónico y ese día especialmente todo se complicó, de manera que llegué a pensar que no podría acudir. Sin embargo en cuestión de minutos todo se solucionó, de modo que yo contaba con una hora para llegar al lugar de reunión, meditar y finalmente regresar a la estación.

Cuando yo llegué había siente personas sentadas en un círculo. Ya habían comenzado con los primero ejercicios mentales y físicos para lograr un estado óptimo de relajación. Contrario a lo que esperaba, ya que llegué un poco agitada, entré en ese estado rápidamente. Mi mente comenzó a concentrarse en la música que provenía de una grabadora y un cassette gastado. Recuerdo haber pensado que no había escuchado melodía más hermosa en mi vida (después supe que se trataba del Adagio de Albinoni). Centrada en la obra musical, de pronto me visualicé corriendo sobre un arco iris de notas musicales. Me sentí tan relajada que comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos cerrados. Curiosamente no eran producto de la tristeza, sino de emoción. Pude sentir cómo mi corazón se desbordaba de amor puro y universal. En ese instante vi una luz blanca, diáfana. A pesar de ser tan luminosa no me deslumbró.

Gradualmente esa luz tomó forma, aunque yo no alcanzaba a definirla bien, así que le pedí mentalmente que se acercara y así lo hizo. Pude ver un ser de luz y, es extraño como puedo decir que era inmensamente hermoso aunque no se compara con nada que haya visto en este plano. Ciertamente no tenía alas, pero era bellísimo, perfecto. En ese momento me transmitió un mensaje telepático que curiosamente daba respuesta a un cuestionamiento que yo me hacía de forma recurrente, cuando en ese entonces me preguntaba cómo sería la muerte física. Yo había perdido a tres familiares muy amados en un solo incidente y me inquietaba pensar qué habrían encontrado del otro lado. En ese momento no formulé dicha pregunta; ni siguiera la recordaba, pero aparentemente a ese ser le parecía importante darme una respuesta.

Me dijo: “La muerte es hermosa” y agregó: “Te amo”, acto seguido me invadió nuevamente esa luz destellante y, juro que pude sentir cómo me separaba de mi cuerpo físico y empecé a flotar. Ya estaba con este ser en su esfera; es decir, en su mundo. No sentía peso ni preocupación alguna. Solo una sensación de libertad absoluta. Desde el primer momento descubrí que podía comunicarme con él telepáticamente sin dificultad. El me conducía. Todo transcurría de forma muy natural. Recuerdo haber sentido el vaivén del viento. En ese momento me dijo: “No temas a nada porque todo obedece a un orden divino”. Dijo también: “Tú eres mi conexión con el mundo físico, así como yo soy tu conexión con el mundo espiritual”, y añadió, “yo siempre estoy a tu lado”. Recuerdo que en ese lugar los colores eran vívidos, pero predominaba el verde agua.

Pude ver a más seres como él y otros que parecían más grandes, todos bellísimo en su mismo concepto. En un momento me dijo su nombre y luego lo escribió en mi mente con letras blancas para que no existiera margen de error. Había perdido la noción del tiempo y francamente no me importaba, ¡estaba tan feliz!. Era como si lo conociera de siempre. Me dijo: “La transición no necesariamente tiene que se destrucción, si ustedes lo quieren puede significar un incremento en su nivel de conciencia”. Cuando dijo ustedes, yo reflexioné que se refería a la humanidad. Luego, me transmitió un mensaje más: “vive en el amor infinito”. “Sé como una flor” y enseguida “Ariadna, tienes que regresar”. Antes de que pudiera pensar nada, me vi envuelta en una especie de retroceso a rápida velocidad, tal como si cayera de un piso muy alto al vacío, pero no había en mí sensación de miedo. Pude sentir claramente cómo entraba en mi cuerpo y entonces abrí lentamente los ojos.

Lo primero que vi fue el tirol del techo de aquel salón donde nos habíamos reunido para meditar. Lentamente fui concientizándome del entorno y en principio me pareció muy denso, demasiado limitado en comparación. Miré a mi alrededor y reparé en cada una de las asistentes, inexplicablemente sentí un halo de amor por cada una, aunque varias de ellas no las había visto antes. En ese momento, Adriana (mi amiga y guía de la meditación), dio por terminada la sesión pidiéndonos que abriéramos los ojos lentamente, etc., etc. Miré mi reloj, habían transcurrido veinte minutos. Después ella se dio a la tarea de preguntarnos cuál había sido nuestra experiencia. Cuando tocó mi turno solo atiné a decir: yo conocí a mi ángel, pero cómo podía describir con palabras lo que había visto y experimentado. De acuerdo al trabajo que desempeñaba siempre me preocupaba por ampliar mi léxico, cualidad loable en todo comunicador, pero en ese momento las palabras me parecieron insuficientes.

Aún ahora que relato lo sucedido me parece así.

¿Me cambió la vida?, sí. Muchas cosas cobraron sentido y otras lo perdieron, el materialismo por ejemplo dejó de ser tan importante. En cambio, surgió con mucha fuerza la necesidad de ser útil en esta vida, de dar plena justificación a mi existencia. Por supuesto que perdí el miedo a la muerte. A partir de ese día sigo comunicándome con mi Ángel, por medio de escritura automática y en meditación, pero nunca olvidaré la hermosa forma que se presentó ante mi ese 7 de diciembre de 1995.

Me considero una persona que constantemente está en una búsqueda espiritual. Creo que la clave de todo se cifra en expandir la conciencia y en permitir que las cosas simplemente sucedan. La primera vez que tuve contacto con mi Ángel de la guarda, ni siquiera estaba predispuesta para ello. Esa mañana había recibido una invitación de mi amiga Adriana para asistir a una meditación denominada Cimentación, cuyo propósito era precisamente lograr contacto con estos seres iluminados. En esa época yo trabajaba como conductora de un noticiario radiofónico y ese día especialmente todo se complicó, de manera que llegué a pensar que no podría acudir. Sin embargo en cuestión de minutos todo se solucionó, de modo que yo contaba con una hora para llegar al lugar de reunión, meditar y finalmente regresar a la estación.

Cuando yo llegué había siente personas sentadas en un círculo. Ya habían comenzado con los primero ejercicios mentales y físicos para lograr un estado óptimo de relajación. Contrario a lo que esperaba, ya que llegué un poco agitada, entré en ese estado rápidamente. Mi mente comenzó a concentrarse en la música que provenía de una grabadora y un cassette gastado. Recuerdo haber pensado que no había escuchado melodía más hermosa en mi vida (después supe que se trataba del Adagio de Albinoni). Centrada en la obra musical, de pronto me visualicé corriendo sobre un arco iris de notas musicales. Me sentí tan relajada que comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos cerrados. Curiosamente no eran producto de la tristeza, sino de emoción. Pude sentir cómo mi corazón se desbordaba de amor puro y universal. En ese instante vi una luz blanca, diáfana. A pesar de ser tan luminosa no me deslumbró.

Gradualmente esa luz tomó forma, aunque yo no alcanzaba a definirla bien, así que le pedí mentalmente que se acercara y así lo hizo. Pude ver un ser de luz y, es extraño como puedo decir que era inmensamente hermoso aunque no se compara con nada que haya visto en este plano. Ciertamente no tenía alas, pero era bellísimo, perfecto. En ese momento me transmitió un mensaje telepático que curiosamente daba respuesta a un cuestionamiento que yo me hacía de forma recurrente, cuando en ese entonces me preguntaba cómo sería la muerte física. Yo había perdido a tres familiares muy amados en un solo incidente y me inquietaba pensar qué habrían encontrado del otro lado. En ese momento no formulé dicha pregunta; ni siguiera la recordaba, pero aparentemente a ese ser le parecía importante darme una respuesta.

Me dijo: “La muerte es hermosa” y agregó: “Te amo”, acto seguido me invadió nuevamente esa luz destellante y, juro que pude sentir cómo me separaba de mi cuerpo físico y empecé a flotar. Ya estaba con este ser en su esfera; es decir, en su mundo. No sentía peso ni preocupación alguna. Solo una sensación de libertad absoluta. Desde el primer momento descubrí que podía comunicarme con él telepáticamente sin dificultad. El me conducía. Todo transcurría de forma muy natural. Recuerdo haber sentido el vaivén del viento. En ese momento me dijo: “No temas a nada porque todo obedece a un orden divino”. Dijo también: “Tú eres mi conexión con el mundo físico, así como yo soy tu conexión con el mundo espiritual”, y añadió, “yo siempre estoy a tu lado”. Recuerdo que en ese lugar los colores eran vívidos, pero predominaba el verde agua.

Pude ver a más seres como él y otros que parecían más grandes, todos bellísimo en su mismo concepto. En un momento me dijo su nombre y luego lo escribió en mi mente con letras blancas para que no existiera margen de error. Había perdido la noción del tiempo y francamente no me importaba, ¡estaba tan feliz!. Era como si lo conociera de siempre. Me dijo: “La transición no necesariamente tiene que se destrucción, si ustedes lo quieren puede significar un incremento en su nivel de conciencia”. Cuando dijo ustedes, yo reflexioné que se refería a la humanidad. Luego, me transmitió un mensaje más: “vive en el amor infinito”. “Sé como una flor” y enseguida “Ariadna, tienes que regresar”. Antes de que pudiera pensar nada, me vi envuelta en una especie de retroceso a rápida velocidad, tal como si cayera de un piso muy alto al vacío, pero no había en mí sensación de miedo. Pude sentir claramente cómo entraba en mi cuerpo y entonces abrí lentamente los ojos.

Lo primero que vi fue el tirol del techo de aquel salón donde nos habíamos reunido para meditar. Lentamente fui concientizándome del entorno y en principio me pareció muy denso, demasiado limitado en comparación. Miré a mi alrededor y reparé en cada una de las asistentes, inexplicablemente sentí un halo de amor por cada una, aunque varias de ellas no las había visto antes. En ese momento, Adriana (mi amiga y guía de la meditación), dio por terminada la sesión pidiéndonos que abriéramos los ojos lentamente, etc., etc. Miré mi reloj, habían transcurrido veinte minutos. Después ella se dio a la tarea de preguntarnos cuál había sido nuestra experiencia. Cuando tocó mi turno solo atiné a decir: yo conocí a mi ángel, pero cómo podía describir con palabras lo que había visto y experimentado. De acuerdo al trabajo que desempeñaba siempre me preocupaba por ampliar mi léxico, cualidad loable en todo comunicador, pero en ese momento las palabras me parecieron insuficientes.

Aún ahora que relato lo sucedido me parece así.

¿Me cambió la vida?, sí.

Muchas cosas cobraron sentido y otras lo perdieron, el materialismo por ejemplo dejó de ser tan importante. En cambio, surgió con mucha fuerza la necesidad de ser útil en esta vida, de dar plena justificación a mi existencia. Por supuesto que perdí el miedo a la muerte. A partir de ese día sigo comunicándome con mi Ángel, por medio de escritura automática y en meditación, pero nunca olvidaré la hermosa forma que se presentó ante mi ese 7 de diciembre de 1995.